lunes 19 de diciembre de 2011

Vencedores vencidos


Siempre he fracasado en mis intentos de comprender el presente y proyectar el futuro, quizás por eso cuando miro para atrás me cuesta pensar que las cosas hubieran podido ser distintas.

¿Acaso otro hombre y otras decisiones pudieron haber cambiado la historia del 21 de diciembre de 2001? Evitando las respuestas fáciles que se escriben a sabiendas de como fueron los sucesos, a mi me parece que la historia de esa tarde se fue escribiendo a lo largo de mucho tiempo.

Hay situaciones individuales y colectivas que parecen haber encontrado un rumbo definitivo. Nos auto-convencemos y nos defendemos para ratificar ante toda advertencia o disidencia, que vamos por el camino correcto, por el único camino posible. La política económica de los años noventa parece guiada por esa lógica.

Impresionados por la estabilidad y la reactivación, luego de dos años largos de vivir en el infierno hiperinflacionario y la recesión, no somos analistas económicos para pensar en el futuro.

Era complicado entender que el proceso de descapitalización interna y la bola de nieve del endeudamiento, en un marco de dólar fuerte y escaso valor de nuestras exportaciones no podía ser sostenible.

Más fácil era creer que Carlos Menem era un piola que había inventado la rueda cuadrada y que gracias a este invento argentino íbamos más rápido que en una Ferrari.

Importantes transformaciones sufrió nuestra política, roto el bipartidismo de los ochenta, fueron ganados los dirigentes y el escenario social por la estrategia mediática y el personalismo de la imagen.

La oposición centró su discurso en la corrupción y la idea que con mayor transparencia y austeridad política, todos viviríamos mejor, clave en la elección de 1999.

Las expectativas y promesas eran muchas: bajar las tarifas de las privatizadas, aumentar a los docentes, reducir la  desocupación, actualizar jubilaciones, aumentar los planes sociales, hacer obras públicas, reducir el gasto político.

Las urgencias eran otras: déficit comercial y fiscal, fuga de divisas, vencimientos de deuda, altas tasas de interés, moneda nacional encarecida, escaso valor de nuestras exportaciones, devaluación de Brasil.

Aún así, la sociedad expresaba su respaldo a la paridad monetaria congelada nominalmente durante ocho años. Y De La Rúa lo interpreto al declarar en su campaña “conmigo, un peso, un dólar”.

Mientras tanto, el país hacia como si un 15 % de desocupación fuese algo normal y vivir pagando vencido el resumen de la tarjeta del mes pasado era el método para comprar en el supermercado.

El gobierno contaba con poco margen de maniobra: por sus convicciones formales según las cuales la legitimidad electoral es suficiente para gobernar, por la fragilidad de su alianza entre personas mediatizadas, por las urgencias y también las presiones sectoriales de los grupos de poder empresario, sindical, financiero, por la impaciencia ciudadana que rápidamente paso a la desesperación anárquica instigada por los grandes grupos de medios.

Agotado el intento de equilibrio gradualista de Machinea, emergió Domingo Cavallo como la idea de reconstituir el punto de inicio feliz de la convertibilidad. Lo pidió el Frepaso, lo aprobó el PJ, lo designo el radicalismo, lo aplaudieron los empresarios y los medios.

De La Rúa ha quedado inmortalizado en la foto del helicóptero despegando de la Casa Rosada, como aquella de Isabel Perón. Es que los golpes de estado a veces también los dan las fuerzas civiles y económicas, sin uniforme.

Normalizar el caos de la Provincia de Corrientes, financiar el Incentivo Docente y lograr 180 días de clases, crear un Plan de infraestructura, el programa Educ.ar, los planes Jefas de hogar, los acuerdos automotrices con Brasil, la reducción del gasto administrativo del estado, entre otras iniciativas han quedado en el olvido. Tinelli lo estigmatizó como “tonto”, NIK diez años después todavía factura chistes ironizando sobre el “aburrido”.

Se creyó gracioso poner fetas de salame adentro de las urnas en octubre del 2001 y medios como La Nación hacían campaña por el voto impugnado, mientras la derecha más reaccionaria quería destruir la organización política nacional.

Algunos creían que con “el argentinazo” llegaba la democracia directa sin políticos intermediarios y los más rápidos caceroleros retiraban a tiempo sus depósitos en una corrida financiera instigada por INFOBAE y Ámbito Financiero.

En tanto, Clarín proyectaba los tan deseados saqueos que terminasen de barrer con el gobierno. Chacho Álvarez, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner negociaban el futuro en un restaurante de San Telmo.

La historia ya fue, siempre surgirán nuevas interpretaciones pero no podemos cambiar los sucesos. Lo que queda a la vista sirve para comparar el presente y proyectar lógicas hacia adelante. No soy bueno en eso, pero el paralelo entre esta y aquella década son enormes.

Hubo un tiempo más interesante, donde las iniciativas oficiales generaban polémica y alimentaban discursos donde todo era posible, todo era cuestionable. El país se polarizaba, las pasiones políticas tenían expresión. Se reivindicaba la ilusión y se apelaba a la fantasía para crear luchas épicas por nobles causas y contra grandes Goliat.

Como en el cénit de la convertibilidad, la realidad ofrece una sola cara posible, aunque el modelo inflacionario se este agotando. La gran causa nacional ahora es recortar subsidios, encontrar evasores, controlar a los pequeños compradores de dólares.

La política económica requiere un subsidio internacional creciente a través de los precios de nuestras exportaciones para sostener la revaluación monetaria, inflación, aumento del gasto y consumo interno.

Así como De La Rúa fue un mal presidente, a veces da la apariencia que hasta Susana Gimenez sería una buena presidenta en la actualidad. Es tan simpática y amorosa.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada