Siempre he fracasado en mis intentos de comprender el presente y proyectar el futuro, quizás por eso cuando miro para atrás me cuesta pensar que las cosas hubieran podido ser distintas.
¿Acaso
otro hombre y otras decisiones pudieron haber cambiado la historia del 21 de
diciembre de 2001? Evitando las respuestas fáciles que se escriben a sabiendas
de como fueron los sucesos, a mi me parece que la historia de esa tarde se fue
escribiendo a lo largo de mucho tiempo.
Hay
situaciones individuales y colectivas que parecen haber encontrado un rumbo
definitivo. Nos auto-convencemos y nos defendemos para ratificar ante toda
advertencia o disidencia, que vamos por el camino correcto, por el único camino
posible. La política económica de los años noventa parece guiada por esa lógica.
Impresionados
por la estabilidad y la reactivación, luego de dos años largos de vivir en el
infierno hiperinflacionario y la recesión, no somos analistas económicos para
pensar en el futuro.
Era
complicado entender que el proceso de descapitalización interna y la bola de
nieve del endeudamiento, en un marco de dólar fuerte y escaso valor de nuestras
exportaciones no podía ser sostenible.
Más fácil
era creer que Carlos Menem era un piola que había inventado la rueda cuadrada y
que gracias a este invento argentino íbamos más rápido que en una Ferrari.
Importantes
transformaciones sufrió nuestra política, roto el bipartidismo de los ochenta,
fueron ganados los dirigentes y el escenario social por la estrategia mediática
y el personalismo de la imagen.
La oposición
centró su discurso en la corrupción y la idea que con mayor transparencia y austeridad
política, todos viviríamos mejor, clave en la elección de 1999.
Las expectativas
y promesas eran muchas: bajar las tarifas de las privatizadas, aumentar a los
docentes, reducir la desocupación, actualizar jubilaciones, aumentar los
planes sociales, hacer obras públicas, reducir el gasto político.
Las
urgencias eran otras: déficit comercial y fiscal, fuga de divisas, vencimientos
de deuda, altas tasas de interés, moneda nacional encarecida, escaso valor de
nuestras exportaciones, devaluación de Brasil.
Aún así,
la sociedad expresaba su respaldo a la paridad monetaria congelada nominalmente
durante ocho años. Y De La Rúa lo interpreto al declarar en su campaña “conmigo,
un peso, un dólar”.
Mientras
tanto, el país hacia como si un 15 % de desocupación fuese algo normal y vivir
pagando vencido el resumen de la tarjeta del mes pasado era el método para
comprar en el supermercado.
El
gobierno contaba con poco margen de maniobra: por sus convicciones formales según
las cuales la legitimidad electoral es suficiente para gobernar, por la
fragilidad de su alianza entre personas mediatizadas, por las urgencias y también
las presiones sectoriales de los grupos de poder empresario, sindical,
financiero, por la impaciencia ciudadana que rápidamente paso a la desesperación
anárquica instigada por los grandes grupos de medios.
Agotado
el intento de equilibrio gradualista de Machinea, emergió Domingo Cavallo como
la idea de reconstituir el punto de inicio feliz de la convertibilidad. Lo
pidió el Frepaso, lo aprobó el PJ, lo designo el radicalismo, lo aplaudieron
los empresarios y los medios.
De La Rúa
ha quedado inmortalizado en la foto del helicóptero despegando de la Casa Rosada, como
aquella de Isabel Perón. Es que los golpes de estado a veces también los dan
las fuerzas civiles y económicas, sin uniforme.
Normalizar
el caos de la Provincia de Corrientes, financiar el Incentivo Docente y lograr
180 días de clases, crear un Plan de infraestructura, el programa Educ.ar, los
planes Jefas de hogar, los acuerdos automotrices con Brasil, la reducción del
gasto administrativo del estado, entre otras iniciativas han quedado en el
olvido. Tinelli lo estigmatizó como “tonto”, NIK diez años después todavía factura
chistes ironizando sobre el “aburrido”.
Se creyó
gracioso poner fetas de salame adentro de las urnas en octubre del 2001 y
medios como La Nación hacían campaña por el voto impugnado, mientras la derecha
más reaccionaria quería destruir la organización política nacional.
Algunos
creían que con “el argentinazo” llegaba la democracia directa sin políticos
intermediarios y los más rápidos caceroleros retiraban a tiempo sus depósitos
en una corrida financiera instigada por INFOBAE y Ámbito Financiero.
En tanto,
Clarín proyectaba los tan deseados saqueos que terminasen de barrer con el
gobierno. Chacho Álvarez, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner negociaban el
futuro en un restaurante de San Telmo.
La
historia ya fue, siempre surgirán nuevas interpretaciones pero no podemos
cambiar los sucesos. Lo que queda a la vista sirve para comparar el presente y
proyectar lógicas hacia adelante. No soy bueno en eso, pero el paralelo entre
esta y aquella década son enormes.
Hubo un
tiempo más interesante, donde las iniciativas oficiales generaban polémica y
alimentaban discursos donde todo era posible, todo era cuestionable. El país se
polarizaba, las pasiones políticas tenían expresión. Se reivindicaba la ilusión
y se apelaba a la fantasía para crear luchas épicas por nobles causas y contra
grandes Goliat.
Como en
el cénit de la convertibilidad, la realidad ofrece una sola cara posible,
aunque el modelo inflacionario se este agotando. La gran causa nacional ahora
es recortar subsidios, encontrar evasores, controlar a los pequeños compradores
de dólares.
La política
económica requiere un subsidio internacional creciente a través de los precios
de nuestras exportaciones para sostener la revaluación monetaria, inflación,
aumento del gasto y consumo interno.
Así como
De La Rúa fue un mal presidente, a veces da la apariencia que hasta Susana Gimenez
sería una buena presidenta en la actualidad. Es tan simpática y amorosa.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada